Efectos persistentes a largo plazo de COVID-19

“No es broma”, sonrió Judith, una sonrisa pírrica. Estaba escaneando una copia impresa del diario estatal, que informaba un aumento en (a) casos informados de COVID-19; (b) hospitalizaciones por el virus; y (c) el número de muertos por coronavirus en Arkansas, que ahora ha superado los 11,500.

“¿Esperabas algo diferente?” preguntó, sabiendo la respuesta.

No, no esperaba nada diferente, porque (a) conozco a Judith, una profesional de la salud calificada que habla conmigo con la condición de que no use su apellido; (b) conozco a mi nuera, también médica, que me cuenta cosas de fondo de sus horas en la sala de emergencias; (c) porque confío en la ciencia, en los médicos, en los epidemiólogos, en los investigadores; (d) porque sé que Arkansas está muy por detrás de la curva en términos de vacunas contra el COVID; y (e) porque no confío en la televisión por cable o en los chiflados de la radio que citan a practicantes marginales, ni a los políticos que predican, practicando efectivamente, la medicina sin una licencia. Confío aún menos en aquellos políticos que tienen licencia médica pero que asustan a sus colegas más sabios y menos políticos. Confío en el que yo llamo el “Médico más grande del mundo” (WGD, por sus siglas en inglés), el que obtuvo su doctorado en Ciencias Médicas de la Universidad de Arkansas hace unas décadas, el que ha cuidado de mi familia durante tanto tiempo, y que , todavía, usa una máscara. Al igual que su personal.

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